Permitidme, entrañables laborales, compañeros, amigos, dar comienzo a esta sección, titulada Donde habite la palabra. Lecturas, que nuestro incansable Juan Antonio Olmo ha tenido la gentileza de encomendarme, con un reconocido, sentido y emocionado recuerdo para Mario Vargas Llosa (Arequipa [Perú], 1936), premio Nobel de Literatura en el pasado año 2010, premio Cervantes (1994) y premio Príncipe de Asturias de las Letras (1986), entre otros.
Es mi propósito que las primeras entregas de esta sección sean unas breves acotaciones de algunos procedimientos narrativos y de las actitudes sentimentales que habitualmente comportan (Ángel González), una antología de textos y comentarios que, tomando como punto de partida informaciones relativas al mundo de las letras, nos sirvan para rememorar escenas de nuestros estudios, de nuestro trabajo, de nuestra vida en suma, en la siempre recordada Universidad Laboral de Córdoba. Con motivo de la reciente concesión del Nobel de Literatura (Elogio de la lectura y la ficción, 7 de diciembre de 2010), me ha parecido oportuno evocar, por las remembranzas que nos pueda traer a algunos la vida en la Laboral, el relato breve titulado Los cachorros (1967), escrito entre la conclusión de La casa verde y el inicio de Conversación en la catedral. Narra las peripecias vitales de Pichula Cuéllar, un muchacho, perteneciente al mundo de la sociedad limeña, castrado por un perro; gran parte de la historia transcurre en el Colegio Champagnat. Con esta novela corta Vargas Llosa logra una verdadera obra maestra de técnica narrativa: “la reconstrucción de la realidad a través de otra realidad puramente verbal”. Repárese en el hecho de que el narrador se incluye en la historia, lo que hace que asistamos a una narración coral, en estilo indirecto libre, en una jerga de colegiales, con abundantes onomatopeyas y otros recursos expresivos (“Todavía llevaban pantalón corto ese año, aún no fumábamos […]; (¿tú te bañarías?, después del match, ahora no, brrr qué frío) […]; guau, pero ese día, guau guau, cuando Judas se apareció en la puerta de los camarines, guau guau guau […]”). A continuación reproduzco el texto elegido, el comienzo del relato.

Las clases de Primaria terminaban a las cuatro, a las cuatro y diez el Hermano Lucio hacía romper filas y a las cuatro y cuarto ellos estaban en la cancha de fútbol […] Y Cuéllar sacaba su puñalito y chas chas lo soñaba, deslonjaba y enterrabaaaaauuuu, mirando al cielo, uuuuuuaaauuuu, las dos manos en la boca, auauauauauuuuu: ¿qué tal gritaba Tarzán? Jugaban apenas hasta las cinco pues a esa hora salía la Media y a nosotros los grandes nos corrían de la cancha a las buenas o a las malas. Las lenguas afuera, sacudiéndonos y sudando recogían libros, sacos y corbatas y salíamos […].
Pero Cuéllar, que era terco y se moría por jugar en el equipo, se entrenó tanto en el verano que al año siguiente se ganó el puesto de interior izquierda en la selección de la clase: mens sana in corpore sano, decía el Hermano Agustín, ¿ya veíamos?, se puede ser buen deportista y aplicado en los estudios, que siguiéramos su ejemplo. ¿Cómo has hecho?, le decía Lalo, ¿de dónde esa cintura, esos pases, esa codicia de pelota, esos tiros al ángulo? Y él: lo había entrenado su primo el Chispas y su padre lo llevaba al Estadio todos los domingos y ahí, viendo a los craks, les aprendían los trucos ¿captábamos? […].
En julio, para el Campeonato Interaños, el Hermano Agustín autorizó al equipo de « Cuarto A » a entrenarse dos veces por semana, los lunes y los viernes, a la hora de Dibujo y Música. Después del segundo recreo, cuando el patio quedaba vacío, mojadito por la garúa, lustrado como un chimpún nuevecito, los once seleccionados bajaban a la cancha, nos cambiábamos el uniforme y, con zapatos de fútbol y buzos negros, salían de los camarines en fila india, a paso gimnástico, encabezados por Lalo, el capitán. En todas las ventanas de las aulas aparecían caras envidiosas que espiaban sus carreras, había un vientecito frío que arrugaba las aguas de la piscina (¿tu te bañarías?, después del match, ahora no, brrr qué frío), sus saques, y movía las copas de los eucaliptos y ficus del Parque que asomaban sobre el muro amarillo del Colegio, sus penales y la mañana se iba volando: entrenamos regio, decía Cuéllar, bestial, ganaremos. Una hora después el Hermano Lucio tocaba el silbato y, mientras se desaguaban las aulas y los años formaban en el patio, los seleccionados nos vestíamos para ir sus casas a almorzar. Pero Cuéllar se demoraba porque […] se metía siempre a la ducha después de los entrenamientos. A veces ellos se duchaban también, guau, pero ese día, guau guau, cuando Judas se apareció en la puerta de los camarines, guau guau guau, sólo Lalo y Cuéllar se estaban bañando: guau guau guau guau […] Lalo chilló se escapó mira hermano y alcanzó a cerrar la puertecita de la ducha en el hocico mismo del danés. Ahí, encogido, losetas blancas, azulejos y chorritos de agua, temblando, oyó los ladridos de Judas, el llanto de Cuéllar, sus gritos, y oyó aullidos, saltos, choques, resbalones y después sólo ladridos […] Dios mío […], largo largo, la desesperación de los Hermanos, su terrible susto. Abrió la puerta y ya se lo llevaban, cargado, lo vio apenas entre las sotanas negras, ¿desmayado?, sí […], sí y sangrando, hermano, palabra, qué horrible: el baño entero era purita sangre”.